viernes, 5 de junio de 2015

Esther entre el hogar familiar y la casa de abuelos.



Esther Pelier La Fitta, a la edad de 75 años.


Con cada sonrisa parece burlarse de los achaques, del tiempo que ha surcado su rostro, y hasta del giro que dio a su vida, para esquivar la soledad diurna hogareña, determinada por los compromisos laborales de hijos, nietos y demás componentes de la familia. 

“A mí la vejez no me va a arrinconar”, anuncia esta maisiense, deslizando sus manos sobre la cabellera tupida; su convicción parece sedimentar los años vividos: tres cuartos de siglo de una existencia curtida en el rigor de los cafetales.


Esther parece más optimista al principio de las mañanas y al final de las tardes, en la ida y regreso desde el hogar familiar hasta la casa de los abuelos, -única de su tipo en Maisí, el más oriental de los municipios cubanos-. 

La instalación, que forma parte de una estrategia cubana, de cara al envejecimiento que crece como consecuencia del desarrollo social del país, acoge a dos decenas de ancianas y ancianos, algunos de ellos, relegados de los roles tradicionales en el hogar, encontraron cobija, comprensión y entretenimiento en este sitio.

Casa de abuelos.

El brillo de los ojos de Esther, y el tono de sus palabras, divagan entre la gratitud y el orgullo, a la salida de su otro hogar: “Ahora tengo dos casas, dos familias y nuevas amistades, ¡que Revolución esta!”. 

No reparamos en facilitarles los servicios, para la mejora de la calidad de vida, manifiesta Orlay Marzo Cantillo, administrador de la entidad, en la cual se les brindan las atenciones médicas indispensables, incluido podología, fisioterapia, ejercicios físicos, alimentación, entre otros auxilios.


Los estudios muestran un comportamiento estable en los promedios de natalidad en Maisí,  pero el envejecimiento, que hoy representa el 15,2 % de la población total del municipio, tiende a crecer. Una tendencia demográfica que se extiende por toda Cuba, y que trae aparejados, al mismo tiempo, satisfacción y nuevos retos para la isla.


La casa que en Maisí hace posible la felicidad de veinte ancianos y ancianas, la misma que mantiene jovial, sonriente y hasta coqueta a esta mujer de 75 años de edad, ratifica la validez de esas instituciones como garantía de calidad de vida de los abuelos.
 
En algunos casos, como el de Esther, luego de un tiempo en el sitio, los que peinan canas no descartan la posibilidad de iniciar una nueva vida: “claro, no me siento muy vieja pa´ eso”, confiesa, y estalla a carcajadas.



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